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Archive for the ‘Opinión’ Category

Con un balance de más de 1,2 millones de pasajeros afectados en todo el mundo y pérdidas económicas multimillonarias para las aerolíneas, la nube de cenizas se va disipando y disolviendo a través de la circulación atmosférica, llevándose con ella más de mil millones de euros y largas horas de espera.

Ha pasado una semana y Europa ha despertado del mayor colapso aéreo de la historia. En los aeropuertos se han vuelto a formar las colas en los mostradores de facturación y las puertas de embarque, retomándose poco a poco el statu quo anterior a la erupción del ya archiconocido, a la par que impronunciable, Eyjafjälla.

Desde el pasado 14 de abril se ha vivido un bombardeo constante de información sobre algo muy pequeño que ha tenido consecuencias gigantescas: la emisión de gases y cenizas por parte del volcán islandés, cuya erupción se ha convertido en un fenómeno de gran repercusión mediática. La nube de polvo y cenizas ha sido seguida por el mundo entero a través de los medios de comunicación y debido a las negativas consecuencias para el sector aeronáutico, esta vez no ha faltado la polémica. Con más de 20.000 vuelos anulados, las aerolíneas, graves afectadas por esta crisis, han asegurado tener pérdidas de hasta 1.264 millones de euros. Sus reiteradas protestas y la crítica a los modelos de predicción que se han usado han estado presionando a las autoridades de cerca. ¿Han sido demasiado estrictas las restricciones para volar?

La realidad es que los modelos matemáticos de probabilidades empleados a partir de una serie de asunciones teóricas pueden ser bastante cuestionables, debido a la limitación de datos empíricos. Pero no es menos cierto, sin embargo, que tras el incidente de un Boeing 747 de British Airways – que en 1982 a punto estuvo de convertirse en catástrofe aérea al atravesar una nube de cenizas en Indonesia-, era necesario tomar medidas de precaución. Tal vez se haya extremado más de lo necesario, pero hay un dato que es muy importante resaltar: esta crisis no ha tenido ninguna víctima mortal, y eso es lo fundamental. Ya que una sola vida humana hubiese valido más que cualquier daño de tipo económico.

La crisis del Eyjafjälla pasará a la historia como una muestra más del poder de la naturaleza sobre la humanidad, como una crisis pasajera, no como una catástrofe. Dentro de unos años se recordará a ese pequeño volcán que nadie conocía, escondido tímidamente bajo un glaciar, que fue capaz de paralizar el viejo continente y sus conexiones aéreas con todo el planeta. Más allá de la polémica, y tras las catástrofes de Haití, China y Chile, está claro que el poder de la naturaleza ha venido dispuesto a darnos unas clases de humildad en este 2010. Y es que somos tan pequeños…

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Divulgar la física, la química o las matemáticas no es fácil. Bueno, divulgar la ciencia en general tampoco lo es, pero divulgar estas materias, lo es más si cabe. Sólo basta sentarse y abrir los diarios o revistas de divulgación científica, o hacer click en las secciones de ciencia de las ediciones digitales, para darse cuenta de que hay poco o nada de estos campos. Raramente aparecen noticias. La excepción es la astrofísica, tema estrella al estar muy ligado a las grandes preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez, o los temas relacionados con el acelerador de partículas, para justificar la inversión que ha llevado consigo, sin embargo, la investigación en química, otras áreas de la física y matemáticas sigue siendo invisible en los medios. Con la etiqueta de no ser de interés general, los avances en estas materias permanecen en la papelera de reciclaje del redactor de turno. No creo que sea el momento para buscar las causas, pero en mi opinión una de las consecuencias directas es que haya una crisis enorme de vocaciones en el estudio de estas carreras. Seguramente influyen otros factores, pero no es menos cierto que la física, la química o las matemáticas, sin divulgación, tienen poco futuro.

Uno de los actores parodia la serie House. Foto: Miguel LorenzoNo obstante, conscientes de este problema, algunas facultades ya se han sumado a la divulgación, lo cual me parece una fantástica idea. La pasada semana me sorprendí gratamente al ver que la Facultat de Química de la Universitat de València se apuntaba a hacer teatro, con una obra coordinada y dirigida por el profesor Rosendo Pou, que lleva por título “El teatro es pura química. La química es puro teatro”. Sí, como lo oyen, estudiantes y profesores de la facultad representaban una obra de teatro para hacer atractiva la química a estudiantes de bachillerato y así, fomentar vocaciones. No dudé en asistir y la verdad es que lo pasé estupendamente, me reí muchísimo. En la obra consiguieron mezclar conceptos químicos con una buena dosis de humor. Se hablaba de las relaciones amorosas de la plata con el cloruro en un plató muy propio de un programa de prensa rosa, se hacía participar a voluntarios del público a los que les cambiaba el tono de voz al inhalar gas helio, se parodiaba lo absurdo de las pseudociencias con una bruja de lo más anticientífica que hacía el ridículo, así como, el ataque constante que se realiza a los colorantes en los alimentos, que en la mayoría de los casos no son más que compuestos claramente naturales como la clorofila o la vitamina C, catalogados como E-140 y E-300 respectivamente.

La verdad es que la obra me ha parecido una iniciativa brillante para la divulgación de esta disciplina, como lo demuestra la buena acogida que el teatro químico está teniendo por parte del público, por lo que va a ser representado en varias ciudades. ¡Enhorabuena chicos! Tal vez sea el momento de replantearse la formalidad que estas disciplinas han tenido a lo largo de la historia y aceptar que los tiempos cambian, y los receptores también. Creo que estamos en un momento perfecto para innovar, probar nuevas formas de divulgación y hacer más atractivo el estudio de la ciencia, sólo hace falta un poquito de imaginación, ¿nos atrevemos?

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Imagínese que se encuentra en la orilla de un río. Hace un día soleado, ideal para un paseo por la naturaleza. El agua baja rápidamente y arremete contra las piedras. Puede sentir el murmullo mientras descansa. Ha estado horas caminando. Por eso, ahora tiene sed, pero el único recurso que tiene a su alcance es el propio río. ¿Se fiaría usted del agua de ese río si no supiese a ciencia cierta si es o no potable? En tales circunstancias, ¿bebería o preferiría aguantarse la sed?

Situaciones como la descrita en el párrafo anterior ocurren cada día en esta sociedad. El ser humano, curioso por naturaleza, tiene sed de conocimiento. Quiere estar informado, saber qué ocurre a su alrededor y reforzar su perspectiva del mundo. Sin embargo, se empapa día a día de litros de información sin estar completamente seguro de si es o no potable. El medio en el que deposita su confianza quiere mantenerlo fiel y trata de explicar en cada artículo periodístico de dónde proceden sus aguas. Es la forma de decirle a los receptores que se puede beber. El origen de todo río es su nacimiento, el agua clara que procede de la montaña. A medida que avanza en su camino hacia el mar entran nuevos actores en juego: los afluentes. Análogamente, en periodismo, las fuentes son el origen de la información, ya sea el agua clara de montaña o los afluentes, que en ocasiones están contaminados. Las fuentes son el origen, pero por sí solas, no sostienen la credibilidad del ciudadano. Hace falta algo más.

Por ejemplo, la información a través de Internet mediante blogs, redes sociales, páginas web y foros, se ha disparado en los últimos años. Es cierto que este producto ha roto jerarquías. Con más de 1.700 millones de usuarios conectados a la red, la cantidad de información es inmensa, supera con creces a la recopilada durante siglos. El río se ha convertido en un océano. Y ahora hay que saber nadar muy bien. En internet hay millones de fuentes, tantas que es fácil perderse si se quiere llegar al origen. Pero muchas fuentes no es sinónimo de agua potable. Esto provoca que sin criterio, Internet tenga la capacidad de envenenar una y otra vez. No es nada extraño observar sitios web repletos de esoterismo, chismes, rumores, informaciones anónimas sostenidas en la mentira, mensajes persuasivos disfrazados de información que sirven como publicidad y distorsionan la realidad. Algunas veces, las fuentes serán completamente fiables, pero no el propio medio, por lo que es evidente que la credibilidad no depende únicamente de las fuentes. Se le otorgará mucha más credibilidad a unas declaraciones de un político en las versiones digitales de The New York Times, El Mundo o El País, que a las mismas declaraciones en un blog de un usuario común. Como vemos, el prestigio del medio y en definitiva, el prestigio de los periodistas que allí trabajan, es la base sobre la que se sostiene la credibilidad de la potabilización de esa información.

Un buen periodista debería de ser, al fin y al cabo, una planta potabilizadora. Una planta que no siempre podrá operar a pleno rendimiento, puesto que las limitaciones de tiempo y espacio son enormes. Pero que por ganar y mantener su credibilidad, intentará frenar en la medida de lo posible las impurezas que llegan desde los diversos afluentes. Si consigue potabilizar la información y dar esa confianza a sus lectores, éstos beberán de su manera de informar.

No obstante, ese proceso de potabilización es enormemente complicado. Especialmente en periodismo especializado, por ejemplo en periodismo científico, dónde la fuente usa un lenguaje diferente al del periodista, que debe saber interpretar y transformar para que pueda ser bebido. Uno de los mayores problemas en esta clase de periodismo procede de la concepción de ciencia como verdades absolutas. Es decir, la idea preconcebida de que si el afluente procede de la ciencia, estará limpio al 100%, porque en ciencia sólo vale la verdad. Esto es un gran reto para la planta potabilizadora, porque el agua parece limpia, transparente, pero no siempre lo está. Los científicos son personas y, por tanto, también se mueven por intereses. Los datos, a no ser que estén manipulados, son verdades absolutas, pero las interpretaciones, no. En casos tan controvertidos como el cambio climático, la deforestación de una parcela para edificar, la investigación con células madre embrionarias o la clonación, no es nada extraño obtener diversas interpretaciones. La ética, la ideología política, el sentimiento religioso, así como otros factores personales, pueden influir en las declaraciones de los expertos. Este sesgo perspectivista llega al periodista que debe saber usar sus fuentes y extraer la información que interesa realmente a su público. Sin duda, este paso es el más importante y más complejo de la profesión de periodista científico. Hay que elegir a las fuentes, entenderlas bien, analizar si hay mensajes entre líneas en aquello que expresan y crear una información limpia que pueda ser bebida.

Por último, destacar el hecho de que la planta potabilizadora es un ser humano, con sus limitaciones, virtudes y defectos. Al filtrar la información, también tendrá sus intereses personales o principalmente, los intereses del medio para el que trabaja. Alguna vez dejará pasar aguas que desde su punto de vista pueden beberse, porque también su lector desea contaminarse con ellas. Otras veces, simplemente habrá sido engañado o persuadido por la fuente, ofreciendo los intereses de la misma. Ante este reto, un periodista científico, y un periodista en general, deberá presentar un alto grado de madurez. La habilidad periodística, ganada por los años, será fundamental para desarrollar un alto grado de criterio. El criterio periodístico y las preguntas hacia las fuentes serán el motor de la planta potabilizadora. De todas maneras, siempre quedarán impurezas. ¿En qué aguas prefiere beber usted?

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Ciencia española tijerasViene siendo habitual y, tal vez por eso, cada vez estemos más acostumbrados a ello. Una vez más la tormenta se avecina sobre la ciencia en nuestro país, viéndose relegada a un papel secundario, siendo el Ministerio de Ciencia e Innovación el segundo más perjudicado por la reducción de presupuestos de este año. Con la llegada del gobierno de Zapatero en 2004 nos habíamos hecho falsas ilusiones, los presupuestos iban a la alza, las potencias europeas alababan ese afán investigador que se estaba promocionando en nuestro país, los científicos españoles soñaban con una nueva edad de oro como en los tiempos de Ramón y Cajal pero, sin embargo, nos han vuelto a colar el golazo por la escuadra. Y es que el principal problema es que llueve sobre mojado, la ciencia aquí es una niña maltratada que intenta salir del agua y respirar, y cuando saca la cabeza, es sumergida de nuevo… y ya son muchas décadas así.

No nos vamos a engañar, esta claro que no somos un país de tradición científica, aquí siempre ha habido una gran separación entre las dos culturas de Charles Snow, y las artes y las letras han ido por delante, pero si queremos salir de la crisis, no podemos actuar así. En Europa hemos tenido el mejor ejemplo este año, la crisis ha sido para todos, los prepuestos de los estados han bajado, pero no los de ciencia e innovación. Alemania ha estado en su línea y, pese a la crisis, ha aumentado los fondos para la investigación científica. Incluso países con una economía más débil como Grecia han sido capaces de mantener intacta la cantidad dedicada a la actividad científica. Pero aquí orgullosos de nuestro Spain is different, tras un baile catastrófico de cifras con reiteradas protestas y la amenaza de recortar el presupuesto desde un 37% en el borrador del verano a un 15% a finales del pasado año, la reducción se ha quedado en un 8,77%. Una reducción mucho menor que la prevista incialmente, pero que igualmente cae como un chaparrón de agua fría sobre la ciencia española, ¿Es así como queremos evitar la fuga de cerebros?

En mi opinión, una España que cuenta con la generación mejor preparada de su historia no puede dejar de lado a esas personas que se han pasado media vida estudiando y que tienen sobrado talento para sacar al país de la crisis. ¿Acaso no han oído hablar de la economía del conocimiento en el gobierno?¿se les ha olvidado lo importante que es la generación de ideas para posteriormente venderlas? Parece ser que estas cosas se las han pasado por alto, la mecha de la precariedad está encendida para este 2010. Los contratos temporales de muchos jóvenes investigadores no van a poder ser renovados por los recortes en las instituciones y muchos de ellos, seguramente, buscarán asilo más allá de los Pirineos. Todo esto me suena demasiado a otros tiempos que mejor no recordar, y es que parece ser que la madre España quiere tener a sus expertos fuera de sus fronteras. Mientras tanto aquí, se oyen los primeros truenos, cojan el paraguas que se avecina la tormenta señores científicos.

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En una sociedad tecnológica en la que frecuentemente nos interesamos por la utilidad de los bienes materiales, su eficacia, sus prestaciones, etc. no resultaría demasiado extraño preguntarse sobre la utilidad de la ciencia. Si nos detenemos a reflexionar nos surgirían preguntas tales como ¿tienen sentido las enormes cantidades invertidas por nuestros gobiernos en la exploración espacial?¿la sociedad realmente desea ser contribuyente de cuestiones ajenas a la vida cotidiana que no entiende?¿es la ciencia capaz de proporcionarnos beneficios prácticos a corto plazo?

Bomba atómica: HiroshimaMuy posiblemente, centrándonos en estas cuestiones y teniendo en cuenta las grandes catástrofes científico-tecnológicas del siglo XX, una parte de la sociedad nos opondríamos a la utilidad de la ciencia llegándola a percibir como una amenaza peligrosa. Si a ello le añadimos los casos de fraude y manipulación de datos, las controversias entre científicos en temas tan importantes como el cambio climático y el alejamiento entre la comunidad científica y la sociedad, esta desconfianza se agravaría. 

No obstante, aunque resulte paradójico, gran parte del mismo grupo de personas que percibiríamos el riesgo que tiene avanzar científicamente, nos posicionaríamos a favor de los avances tecnológicos con los que convivimos. Seguramente nuestra vida no sería lo mismo sin nuestro teléfono móvil, sin nuestro coche o sin nuestro ordenador, ni renunciaríamos a la forma de vestir, ni al bienestar que nos produce el aire acondicionado en verano o la calefacción en invierno, ni a los fármacos, ni al lavavajillas, por poner algunos ejemplos cotidianos. De esta manera, ante un problema de salud también depositaríamos nuestra confianza en la ciencia, llegando a pensar que la ciencia será capaz de resolver todos los problemas en un futuro.

Así pues, nos encontramos con un debate interno en cada uno de nosotros como individuos de una sociedad compleja en la que la ciencia tiene mucha repercusión y esto nos conduciría a preguntarnos ¿es útil la ciencia?. Ahora bien, esto nos llevaría a plantearnos otras cuestiones del tipo ¿qué entendemos por utilidad?¿utilidad como rentabilidad económica?¿utilidad entendida como algo capaz de mejorar nuestras vidas?, y a su vez, ¿qué entendemos por mejorar nuestras vidas? De este modo entraríamos en un ciclo de preguntas sucesivo en el que las respuestas serían nuevas preguntas y nos alejaríamos considerablemente del planteamiento inicial.

En mi opinión, la respuesta a semejante pregunta de partida debería ser buscada en la propia definición de la ciencia. Si entendemos a la ciencia como el conjunto de conocimientos obtenidos de forma racional mediante la experimentación y la observación, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales, no cabría la posibilidad de preguntarnos acerca de la utilidad de la misma, ya que la ciencia tiene como finalidad llegar al conocimiento, abarcarlo en todo su sentido y por tanto, no busca internamente la utilidad, no distingue entre conocimiento bueno o malo, o útil e inútil. El pensador de Rodin Observamos que su pretensión, por definición, sería expandir el conocimiento hasta sus límites. Con esto, la ciencia podría ser entendida como ese deseo humano de volar, esa curiosidad por conocer lo desconocido, de no quedarnos en nuestro propio valle y querer descubrir qué hay más allá, esa necesidad de encontrar respuestas a las preguntas transcendentales, de vencer a la fuerza de la gravedad, de ampliar las fronteras de lo conocido,  ¿habría algo más humano que la ciencia al margen de las emociones?

Como todos sabemos, las grandes preguntas siempre han estado ligadas al ser humano, el miedo a la incertidumbre nos hizo buscar respuestas, tanto racionales como sobrenaturales. Así apareció la semilla que dio origen a la ciencia, y por otro lado las religiones y diversas creencias, basadas en la necesidad de cobijarnos en la bondad de seres supremos a los que también temimos. En un mundo como el actual en el que la razón venció a los dioses ha quedado patente que el conocimiento racional es el mejor camino para conseguir aquello que desde siempre nos hemos planteado. Siguiendo por este camino, la ciencia entraría dentro del plano emocional, como ese deseo de satisfacer nuestra curiosidad tal y como hicieron todos nuestros ancestros, la ciencia estaría dentro de cada uno de nosotros.

Nuestra Galaxia: la Vía Láctea

Nos debemos entender a nosotros mismos como criaturas del cosmos. Nuestros átomos proceden de la agonía de una estrella que expulsó la materia prima que dio origen al sistema solar, y esto increíblemente nos liga a aquella aventura que comenzó hace unos quince mil millones de años, el universo. Vivimos en el espacio y el tiempo, somos animales, primates evolucionados, pero animales racionales y todo ello lo ha ido desenmarañando la ciencia. Por consiguiente, somos la única especie de este planeta, capaz de pensarse a sí misma y ello nos otorga una responsabilidad inmensa con el universo, ya que por medio de nosotros el cosmos se puede conocer a sí mismo y esta responsabilidad está por encima de cualquier idea de utilidad. En base a lo reflexionado, la pregunta sobre la utilidad de la ciencia carecería completamente de sentido, sería como preguntarnos por la utilidad de la vida o la utilidad del universo.

En conclusión, las materias abstractas y complejas no se pueden calificar por su utilidad o inutilidad, van más allá. Utilidad, mérito, valor, etc. son términos humanos que aplicamos a las cosas de nuestro pequeño mundo, a los objetos de la vida cotidiana, pero no tienen ningún sentido al ser aplicados a las cosas complejas. Los principios de utilidad podrían ser empleados para calificar los objetos tecnológicos que si bien su construcción y diseño se ha basado en principios científicos, su rendimiento en el ámbito cotidiano nos permitiría juzgarlos. Discriminaríamos entre eficaces o ineficaces, útiles o inútiles, pero nunca podríamos evaluar así a términos como razón, ciencia o conocimiento. La capacidad racional, y por tanto la ciencia en su definición, son patrimonio de la humanidad y como parte del cosmos, pertenecen al universo siendo realidades abstractas que, precisamente por ello, están por encima de cualquier juicio de valor o presupuesto económico. 

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